El estudio, iniciado por el profesor Wadim Glayshev de la Universidad de Harvard, uno de los centros de investigación sobre la longevidad más importantes del mundo, se llevó a cabo en colaboración con científicos de Stanford University, University of California Berkeley, University of Cambridge, University of Oxford y muchas otras instituciones. Entre los autores del análisis también se encuentra Weronika Prusisz, fundadora y directora de Molecooles, un centro polaco independiente de divulgación y análisis de la biología molecular del envejecimiento de la piel.
La encuesta abarcó a más de cien investigadores en activo: desde ganadores de prestigiosas becas ERC y NIH, pasando por líderes de equipos que desarrollan la reprogramación celular, hasta autores de trabajos pioneros sobre senolíticos y factores de Yamanaka. Todos ellos luchan a diario contra un proceso que intentan frenar o revertir. Cabría esperar, por tanto, que existiera consenso al menos en las cuestiones básicas. Sin embargo, resultó ser exactamente lo contrario.
Las preguntas principales, ninguna mayoría.
Estas son solo algunas de las preguntas a las que los encuestados respondieron de forma completamente dispersa:
- ¿Es el envejecimiento una enfermedad que hay que tratar o un proceso biológico natural?
- ¿Cuándo empieza: ya en la vida fetal, durante el periodo reproductivo, o solo tras finalizar la reproducción?
- ¿Cuál es la causa dominante: la acumulación de daños en el ADN y las proteínas, los cambios epigenéticos, la inflamación crónica, o quizás un compromiso evolutivo entre reproducción y longevidad?
- ¿Qué significa realmente el «rejuvenecimiento»: revertir por completo el reloj biológico hasta un estado juvenil, o simplemente ralentizar o detener la degradación futura?
En ninguna de estas preguntas se alcanzó siquiera una mayoría simple (más del 50%). En algunos casos las diferencias llegaron a extremos: desde «el envejecimiento comienza en el momento de la concepción» hasta «el envejecimiento comienza solo después de la menopausia o la andropausia». Es más, los encuestados se dividieron casi por igual al responder si realmente hace falta un consenso en este campo.
¿Por qué importa esto?
Las discrepancias teóricas no serían un problema si no se tradujeran directamente en la práctica. Hoy, en laboratorios de todo el mundo se desarrollan en paralelo decenas de estrategias distintas:
- Algunos equipos apuestan por la reprogramación celular completa (OSKM), intentando literalmente «reiniciar» la edad biológica.
- Otros se centran en eliminar las células senescentes (senolíticos: dasatinib + quercetina, fisetina, navitoclax).
- Otros más estudian la hiperactividad del sistema inmunitario y la inflamación crónica como principal motor del envejecimiento.
- Y hay quienes creen que la clave está en reparar las mitocondrias, los telómeros o la proteostasis.
Cada una de estas vías consume cientos de millones de dólares al año, tanto de fondos públicos como privados (Google Ventures, Altos Labs, Calico). La falta de un denominador común hace que comparar resultados entre laboratorios sea como comparar manzanas con naranjas, y a veces incluso con motores a reacción.
¿Qué proponen los autores?
La publicación no se queda solo en el diagnóstico del problema. Los autores (entre ellos Weronika Prusisz) formulan recomendaciones concretas que podrían convertirse en un punto de inflexión para toda la disciplina:
- Organizar talleres de consenso abiertos y anuales (siguiendo el modelo de los que en los años 80 y 90 unificaron las definiciones de sida y sepsis).
- Crear una base internacional de biomarcadores de envejecimiento estandarizados (actualmente cada equipo utiliza los suyos propios).
- Implementar herramientas de inteligencia artificial para simular e integrar datos de distintos modelos de envejecimiento.
- Incorporar al debate no solo a biólogos, sino también a filósofos de la ciencia, eticistas y economistas de la salud, porque la pregunta «¿qué queremos lograr?» es tan importante como «¿cómo lo logramos?».
Como subraya Weronika:
“Ya contamos con tecnologías capaces de revertir la edad biológica de un ratón en torno a un 30%. Pero mientras no determinemos qué es exactamente esa edad y contra qué luchamos, será difícil trasladar estos éxitos a los humanos. Este estudio demuestra que el mayor reto no es la falta de herramientas, sino la falta de un lenguaje común.“
Weronika Prusisz
Resumen
La ciencia del envejecimiento se encuentra en una situación paradójica: nunca antes habíamos contado con un arsenal de métodos tan potente, y al mismo tiempo nunca antes habíamos estado tan lejos de un acuerdo sobre el objetivo. La publicación en «PNAS Nexus» no es una acusación dirigida a la comunidad científica, es un llamamiento a la madurez científica. La historia de la ciencia demuestra que los mayores avances se produjeron precisamente cuando los investigadores lograron sentarse a una misma mesa y acordar las reglas del juego.
El texto completo del artículo (en inglés) está disponible aquí:
https://academic.oup.com/pnasnexus/article/3/12/pgae499/7913315
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